domingo, 13 de enero de 2019

El porno: la gran mentira de internet

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La pornografía es hoy en día un recurso disponible 24/7 para cualquiera que lo desee. Sin embargo, su disponibilidad no es sinónimo de beneficio.  Gracias al porno se produce una gran distorsión de la realidad sobre la sexualidad, el físico, las relaciones sexuales y el consentimiento que se debe de producir para que estas últimas tengan lugar. Ello genera una conducta y una concepción totalmente erróneos sobre los conceptos mencionados anteriormente en las personas consumidoras.


El porno está hecho por y para hombres y, en él la mujer es un objeto de placer, es decir, un juguete sexual, donde esta debe cumplir con determinados estereotipos, muchas veces vejatorios para mi gusto, como puede ser que la mujer no es capaz de tomar una posición “de poder” durante el sexo.
El sexo no es como en los vídeos, y las personas con las que lo mantienes seguramente no tendrán las mismas características que los actores y actrices que participan en estos. Ello, puede suponer todo un reto y una creciente insatisfacción sobre todo para los adolescentes, quienes están aún sin conocer adecuadamente su cuerpo ya mantienen relaciones sexuales con unas expectativas inalcanzables, aunque también se puede ver reflejada esa insatisfacción con su propio cuerpo. Además, puede desencadenar situaciones de violencia durante el sexo, no consentidas y falta de respeto con quien se mantienen relaciones.

Asimismo, la pornografía puede convertirse en una adicción como puede pasar con ciertos estupefacientes, las personas se enganchan de manera que consumen y consumen sin desear y sin sentirse felices por haberlo hecho.

En definitiva, es necesaria una educación sexual desde temprana edad, al igual que se produce con otros temas como el acoso escolar, para que el porno deje de ser una fuente de peso y fiable para los jóvenes y no tan jóvenes. Además, de acabar con videos y películas que muestren permisión hacia conductas vejatorias, irrespetuosas, denigrantes y ofensivas.

Carolina Cabrera Silva. Alumna de 3º curso del Grado en Trabajo Social. Universidad de Málaga.

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