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Entendemos por exclusión
social la falta de participación de segmentos de la
población en la vida social, económica y cultural de sus respectivas sociedades
debido a la carencia de derechos, recursos y capacidades básicas (acceso a la
legalidad, al mercado laboral, a la educación, a las tecnologías de la
información, a los sistemas de salud y protección social) factores que hacen
posible una participación social plena.
El concepto opuesto de
exclusión social es la inclusión social, que
se define como el proceso que asegura a todas las personas de una sociedad las
oportunidades, recursos, servicios y espacios necesarios para participar
plenamente en la vida social,
política y económica.
Cuando pensamos en
exclusión tendemos a asociarla con la pobreza y es necesario saber que no toda exclusión social deriva de la
falta de recursos, aunque la falta de recursos acentúa la posibilidad de caer
en posiciones de exclusión.
Los factores que pueden
causar exclusión pueden darse de forma aislada pero frecuentemente aparecen
combinados. Entre ellos se encuentran; tener bajos ingresos, pertenecer a una
minoría ética estigmatizada, empleo de baja calidad y fuera del mercado de trabajo,
tener limitaciones para acceder al empleo, tener dificultades de acceso a una
vivienda, escasas relaciones sociales. Por ello, no se puede culpabilizar
individualmente a una persona que se encuentra en exclusión, ya que esta se
produce por condicionamiento estructural.
Como trabajadores
sociales, debemos desarrollar proyectos eficaces para intervenir ante
situaciones de exclusión social y conseguir que todo aquel que se encuentre en
exclusión pueda tener participación ciudadana, que tenga sus derechos, recursos
suficientes y capacidades como todo ciudadano. Dicho de otra forma, que esté
incluido socialmente.
Almudena Ruiz Marín, alumna 3º Curso del Grado en Trabajo Social.
Universidad de Málaga.

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