Que
bonito sería escuchar en televisión o en la radio la buena situación que viven
nuestras personas mayores. Cuánta alegría y satisfacción nos produciría leer en
el periódico del día que suben considerablemente sus pensiones, que la soledad
se ha convertido para ellos en un fantasma del pasado, porque viven felices
acompañados de sus familias o muy bien cuidados en todas y cada
una
de las residencias de nuestro país o que se ha destinado más dinero público
para asegurar su bienestar.
Desgraciadamente
esta idílica situación, que no es ni más ni menos que lo que este colectivo se merece,
dista mucho de la realidad que vivimos en nuestros días, y por consiguiente la
realidad que nos reflejan los medios de comunicación.
Ya
se ha convertido en parte de nuestro día a día enterarnos de que una persona
enferma de setenta y tantos años ha sido abandonada por sus familiares en un
hospital, que en un vecindario han encontrado a un anciano que llevaba varias
semanas en su casa sin vida , que han desahuciado a un matrimonio
octogenario porque con sus pensiones no podían pagar la hipoteca de su hijo al
cual avalaron, o cómo muere una anciana en la sala de espera de un hospital
tras llevar doce horas en urgencias sin ser atendida. Deberíamos llevarnos las
manos a la cabeza al conocer todo este tipo de noticias, pero desgraciadamente
nos estamos acostumbrado a oírlas y cada día más.
Soledad,
maltrato físico y psíquico, abandono, pensiones indignantes, una precaria
atención por parte de la sanidad de nuestro país y la pérdida de valores y
respeto hacia ellos son los duros titulares a los que nos enfrentamos cada vez
que empieza un informativo. Pero lo peor no es eso, las noticias no exageran,
los medios de comunicación, aunque a veces hemos tenido la sensación de que han
magnificado los sucesos, esta vez están sirviendo de espejo de la cruda
realidad, de lo que está pasando y sobre todo de la percepción que tienen las
personas mayores de su propia situación.
Sé
que seremos muchos los que no entendamos por qué les pasa esto a ellos, a un
colectivo tan vulnerable, que ha vivido tanto, que ha luchado tanto por sacar a
sus familias adelante en tiempos, de guerra, de hambre, de enfermedades... Pero
hay otras personas que no tienen memoria. Y decimos esto por justificarlas de
alguna manera, y por no llamarlas de otra. Porque es inhumano permitir que
alguien de tu alrededor y menos aún si es de tu propia familia pase necesidad,
se sienta solo, abandonado o maltratado después de haber dedicado toda una vida
a los demás.
Personalmente,
nosotros como estudiantes de Trabajo Social comprometidos con la tercera edad tenemos
que mostrar todo esto que está pasando, para concienciar a la sociedad, hacerle
ver que las personas mayores son el mayor tesoro que podemos tener, son tesoros
llenos de sabiduría que con el
paso
de los años se hacen más frágiles y al igual que nosotros hemos necesitado sus
cuidados, ahora ellos nos necesitan a nosotros.
Y
si, también tenemos cosas bonitas que decir antes de acabar esta reflexión. Hay
muchas personas buenas, no todo es malo... Hay muchísimas familias,
voluntarios, profesionales, vecinos y personas que les dan a los mayores el
lugar que se merecen. En muchas ocasiones recibimos por parte de los medios de
comunicación historias humanas y esperanzadoras, noticias que nos hacen
creer
todavía que hay gente buena, con valores, que ayuda a los demás, que se
involucra y se compromete con nuestros mayores para hacerles la vida mejor y
que velan por su bienestar.
Quedémonos
con este pensamiento: ama, cuida y respeta a los ancianos... No hacerlos sentir
invisibles es un acto de justicia. Han caminado mucho para llegar donde están.
Han sufrido, han llorado, han ganado y han perdido, pero sobre todo han hecho
camino al andar. Por ello, no pisoteemos sus veredas, mejor aprendamos de
ellas.
(Entrada elaborada por las alumnas de 4º del Grado en Trabajo Social de la Universidad de Málaga
Verónica
Marras Galacho / Rocío
Galindo Rodríguez / María
Puertas Morilla / Hanae
Laaouich Hamrouche / Marta Reyes Moreno)

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